No se si de día se puedan oler los colores, pero de noche si. Su olor es inconfundible y no puedo evitar percibirlo, me altera, me excita. Ella me enseñó como hacerlo, siempre fue paciente conmigo aún desde aquel desdesperante primer momento. Me enseñó muy bien aquella noche.
Recuerdo la primera vez que nuestras miradas se cruzaron. Ví en sus oscuros ojos una profundidad que me causó un escalofrío que recorrió cada centímetro de mi piel. Abrió sus delgados labios para decir alguna palabra pero fuí el primero en decir hola, ella solo sonrió con su boca carmín.
-¿Te gusta la noche?- preguntó ella. Sin comprender solo atiné a responder que era una bella noche pero hacía mas frío del que podía soportar y aprovechando la oportunidad que dió mi estupidez la invité a tomar un café caliente.
Caminabamos por la acera con adoquinada y podía ver sus botas a cada paso que avanzabamos cancinamente, no me atrevía a levantar la mirada pero fugazmente vi sus jeans entallados, una blusa azul marino con transparencias en la espalda, hombros y mangas y curiosamente a pesar del frío no portaba abrigo alguno.
Llegamos a un pequeño café, la luz eléctrica en su interior era muy ténue y los rostros eran iluminados por la escasa luminosidad de una vela portada en los centros de mesa por donde escurría la cera que se endurecía al alejarse del calor de la llama.
-Nunca te había visto por aquí- le dije tratando de romper el silencio que comenzaba a ser incómodo. - No soy de aquí- respondió con una tersura de voz que me obligaba a seguir preguntándo mas para continuar escuchándola.
El mesero se acercó y preguntó lo que deseabamos tomar. Ella no pidió nada mas que una copa de vino tinto. Fué un bordeaux, Chateau Marseille, cosecha del 91, nunca lo olvidaré y tratando de olvidarme del frío pedí lo mismo.
Después de un par de copas y muy pocas palabras, su penetrante mirada pudo mas que yo y se lo dije: -eres muy bella-, solo sonrió nuevamente y agradeció el cumplido. Intenté tomar su mano, quería romper la distancia, deseaba sentirla, pero al rozar su piel un nuevo pero delicioso escalofrío recorrió mi espalda haciéndome perder la coherencia. No podía creer lo que esa hermosa mujer estaba haciéndome sentir a tan solo un par de horas de haberla visto por primera vez.
Ella al sentir mi mano, quitó rapidamente la suya y se alejó. El brillo en sus ojos desapareció, igual que la sensación en mi espalda. Solo pude decir -lo siento-.
Se levantó, me miró, dijo -no puedo hacerlo- y se fué. Desesperado por mi error también me levanté e intenté ir tras ella pero no había pagado la cuenta y el mesero se puso frente a mi impidiendo mi impetuosa salida. Le solicité la cuenta lo mas pronto posible. Pasaron dos minutos eternos y por fin pude pagar. Salí corriendo del restaurante y mire hacia todos lados.
Se había ido. Un sentimiento de amargura se sumió nuevamente en las profundidades de mi mente y comencé a caminar a casa meditabundo. Lo arruiné todo.
Estaba cruzando la calle buscando las llaves del portón de mi casa cuando de pronto aquella tersura en su voz suavemente dijo -discúlpame por favor-. Estaba ahí, junto a mi. ¿Donde? no la veía, las sombras de la noche eran mas poderosas que aquella luz de Luna que me envolvía. ¿Fue mi imaginación?. Giré la llave para abrir la puerta y una mano tomo la mía fundiéndose en el movimiento de giro. El sobresalto me puso alerta sacándome de aquella alucinanción en la que me encontraba sumergido. Era ella, estaba conmigo, no había sido el producto de mi dañada mente. El calor de las copas había desaparecido, ¿o había sido su mano gélida la que me hizo recordar lo frío de la noche?, no lo sé; solo sabía que estaba con aquella mujer que estaba volviéndome loco.
La invité a pasar. Mientras subía las escaleras finalmente pude ver su figura perfecta, como una proyección sacada de mis más íntimas y oscuras fantasías. Distraído como soy y ensimismado como estaba en ese momento, perdí el paso en las escaleras y tropecé, caí de frente pero alcancé a girar sobre mi cuerpo para amortiguar la caída. Me levanté como pude y traté de recomponer la figura, ella que se encontraba en el descanso de la escalera, ayudó a reincorporarme. Me dolía la boca, me golpeé con la barandilla en la mejilla y la comisura derecha de mis labios fue lastimada por mis propios dientes. Sentía la sangre en mi boca y una gota escurrió hasta mi barbilla.
Algo estaba sucediendo.
A través de las azules transparencias de la blusa alcanzaba a ver sus vértebras articulándose mientras arqueaba su espalda sin dejar el violento beso. El sabor a sangre regresó a mi boca, el dolor en la reciente herida de mi boca se estaba haciendo mas fuerte. No podía mover el cuerpo. Con mi lengua intenté descubrir el origen de mi dolor y los sentí. Sentí sus dientes hincados en las carnes de mis labios. Me estaba mordiendo.









































